sus 39 años, Santiago era lo que podría llamarse un solterón. No llegó a mi consulta por iniciativa propia sino porque una de sus novias le pidió, o mejor, le suplicó, que pidiera ayuda profesional. Era un hombre alto, bien parecido, algo cortante, desconfiado, inteligente, educado y económicamente próspero. Mostraba esa extraña combinación que fascina a las mujeres con instinto suicida.
Continúa »